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El último viaje

Os invito a una pequeña historia de viajes, amistad, amor y algo de ciencia ficción, una historia para leer con una música de fondo, la misma que están escuchando nuestros protagonistas. Adelante, pasad y poneos cómodos.

El último viaje

Se levantó y cambió el vinilo, esta vez le tocaba a Coltrane. Llenó otra copa para Hugo y volvió a su asiento.

—¿Sabes Gabriel?, este bourbon es impresionante, ¿de dónde lo has sacado? —Hugo era de los que echaba coca-cola a todo, pero esta vez su amigo había insistido en que no lo hiciera y tenía que reconocer que estaba disfrutando con el intenso sabor de la bebida.

—Pues lo saqué de un almacén de contrabando en Chicago, en 1925.

Hugo empezó a reírse a carcajadas.

—¿Fuiste con la TARDIS y la cogiste? —consiguió decir entre risa y risa. El equilibrio de su vaso peligraba y ya había derramado algunas gotas.

—Más o menos, ¿te acuerdas de mis ideas para viajar en el espacio-tiempo? Lo conseguí, construí mi máquina, pero no es una cabina azul, más bien es un amasijo de cables, metal y depósitos de helio líquido—le contestó Gabriel bastante serio.— ¿Recuerdas a ABBA?

—¿AVA?

—Sí, los de “mamma mia! ninoninona ah ah”, una mierda de canción, pero muy pegadiza.

Los gestos de Gabriel mientras tarareaba la canción eran bastante patéticos, pero Hugo aguantó la risa y contestó:

—No me suenan absolutamente de nada.

—Normal, yo evité que existieran. A Robin le encantaban y estaba todo el día escuchándolos, incluso había un musical en el que iban vestidos de las formas más horteras que puedas imaginar… asi que decidí que una de mis primeras pruebas sería hacerlos desaparecer. ¿Te acuerdas de El fin de la eternidad?

—Claro, el libro de Asimov, el prota trabajaba en una agencia que hacía los cambios justos y necesarios en distintas épocas para evitar tragedias en la historia de la humanidad.

—Pues bien, me leí varias biografías de ABBA y descubrí que el punto que había que atacar era la amistad que surgió entre Benny y Björn.

Tras beber el último sorbo de su copa, Hugo interrumpió:

—Vaya nombres te inventas, Abba, Benny, Björn, cada año que pasa pierdes capacidad para tus historias.

—Son nombre suecos, como en Tau Cero, no te escuché quejarte de cómo Suecia dominaba el mundo en esa novela.

—Pero sí me quejé de ese final tan …. en fin, tan excesivo —replicó Hugo rápidamente, mientras recogía la nueva copa que le ofrecía Gabriel y le animaba con la mirada a continuar su loca historia.

—Para que lo sepas, no eran un dúo, bueno sí, un dúo de matrimonios, lo importante es que conseguí enemistar a Benny y Björn cuando se conocieron. Hice desaparecer una chaqueta del estudio, bastante hortera todo hay que decirlo. No volvieron a dirigirse la palabra y sus carreras musicales por separado fueron bastante mediocres. Ahora yo soy el único que recuerda sus canciones.

—Tú y tus histotias Gabriel, tenemos que leer menos ciencia ficción… Pero entonces dime, ¿qué pasó con Robin? —preguntó con sorna.

—Ahora es fan de Ace of Base…

—Qué exitazo tienen, ¿verdad?

—En mi línea temporal original solo tuvieron un disco y desaparecieron del mapa, pero parece que el mundo ardía en deseos de encumbrar a unos suecos horteras.

—Buena línea temporal esa. –En el fondo le gustaban las historias locas de Gabriel, así que le tiró un poco de la lengua al verle taciturno.— ¿No probaste a cambiar cosas más importantes? Este país necesitaría un cambio político.

—Puff, en mi línea temporal, Rajoy era el presidente.

—Pero, ¿qué me estás contando? ¿ese triste? Venga tío, tus historias siempre son mejores que esto.

—Intentando cambiar la situación política me di cuenta de que los hechos que acontecen a lo largo del tiempo tienen una especie de inercia: cuanto más grande sea el evento que quieras cambiar, menos posibilidades tienes de éxito. El experimento de ABBA fue un éxito durante bastantes años hasta que apareció Ace Of Base; en el caso de la política, mis éxitos duraban como mucho semanas. Hay demasiada gente poderosa implicada y demasiadas variables a tener en cuenta, es como si intentaras cambiar un transatlántico de rumbo con la ayuda de una zodiac y una cuerda. Así que me limité a mejorar nuestra vida.

—¿Hiciste más cambios con Robin?

—No, sabes que la idolatro, así que no volví a jugar con ella, pero empecé a mejorar nuestra situación económica con pequeños cambios. En mi línea de tiempo original vivíamos en un pisucho en las afueras y ahora tenemos el ático y esta casa de campo —situó el dedo índice muy cerca del pulgar,— todo con pequeñísimos cambios en momentos puntuales.

—Entonces ahora podrías dejarme tu TARDIS para que yo haga lo mismo, ¿no? Déjame ser el 12º Doctor, tengo pensado hasta mi vestuario y mi grito de guerra.

—Precisamente voy a dejarlo ya, pero a ti te falta pelo y te sobran años para sustituir a Matt, jajaja. —Su cara pasó de la relajación tras la risa a un extraño rictus.— ¿Crees en la media naranja Hugo?

—Robin y tú sois el mejor ejemplo de ello, estáis hechos el uno para el otro.

—Eso pensaba yo, pero dentro de 3 años ella me dejará.

—Eso es imposible, tío, vosotros sois una pareja para la eternidad, todo el mundo lo dice. —Los ojos de Hugo bajaron levemente al decirlo.

—Hugo, siempre la has deseado, noto cómo la miras. Lo he intentado todo, llegué a arruinarte la vida, a borrar nuestra amistad, pero siempre volvías a aparecer y te la llevabas. Eres un invariante en nuestra historia, eres su media naranja y yo soy un simple catalizador que, una vez cumplido su trabajo, es desechado.

Hugo no sabía dónde mirar, nunca había visto a su amigo así, tenía que responder algo, ¿pero qué? Claro que estaba enamorado de Robin, era la mujer perfecta. Intentó volver al tono socarrón anterior:

—¿Y qué piensas hacer, Doctor?

Los últimos compases de Blue Train sonaban mientras Gabriel terminaba de enrollar el cuerpo de Hugo en la alfombra. «Ahora empiezo a recordar que la alfombra y los sillones desaparecieron de un día para otro, será imposible limpiar toda esta sangre», pensó Gabriel. La idea era sencilla, el bourbon estaba atiborrado de somníferos, así que su amigo no pudo oponer mucha resistencia. Sin embargo, el picahielos no entró en el corazón como él esperaba, al final perdió la cuenta de las puñaladas y a duras penas había conseguido quitarse la sangre de encima. Era su último viaje, solo tenía que terminar de limpiarlo todo y volver a su tiempo, con Robin, para siempre.

Este post participa en la V Edición del Carnaval de Humanidades acogido en Pero eso es otra historia, de la elemento más activa de la blogosfera: @ununcuadio.

Arquímedes y el Doctor

Siracusa, 212 a. C.

—¡Ese maldito romano estaba destrozando mis círculos!

—Tranquilo, no te esfuerces, esta herida no tiene buen aspecto —El Doctor acunaba la cabeza de Arquímedes y podía ver cómo el blanco abandonaba la túnica dejando paso al carmesí.

—Al final nos volvemos a encontrar, aunque no tengas el mismo aspecto. Mírame, sigo siendo un viejo y tú ahora eres más joven —Arquímedes tosió y la sangre manchó sus labios—. ¿Qué fue de esa horrorosa e interminable bufanda que llevabas? Parecía que Penélope la había tejido para ti durante siglos.

—Bueeeno… para mí han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos, ¿te acuerdas de la cara de esos romanos cuando su barco se alzó en el aire? Ooh, Arquímedes, eres grande.

2 años antes. Siracusa, 214 a. C.

—¿No ve que la bañera está demasiado llena? Fíjese, el agua casi sale por el borde y en cuanto entre será un desastre.

—¿Y eso no le dice nada? —preguntó el Doctor con una gran sonrisa mientras se comía otra gominola. Al fin y al cabo los señores del tiempo también tenían sus vicios.

—Pues claro, me dice que un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo, recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja —dijo el anciano con orgullo—. Lo llamo el principio hidrostático y lo descubrí hace muchos años mientras meditaba sobre el diferente peso aparente que tiene nuestro cuerpo bajo el agua.

—Oops vaya, parece que he llegado más tarde de lo que pensaba. Siempre quise ver cómo celebraba locuelamente el descubrimiento.

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Van Leeuwenhoek y el Doctor

Volvía a llover y el callejón seguía vacío. Jack estaba desesperado, pero esa era la única opción que tenía. Había usado toda la energía que tenía disponible para enviar la señal y era la única esperanza que le quedaba. Se hacía tarde, debía volver con Gwen.

La Tardis se materializó en el callejón y el Doctor y Marta salieron de ella, llevándose una desagradable sorpresa.

—Me gustaría ver esas tres lunas, pero con esta lluvia parece imposible —dijo Marta irónicamente.

—Eeeh, estamos de nuevo en la Tierra, algo ha tenido que interferir con la Tardis. Ya tendremos tiempo para ver las tres lunas de Polux, ¿qué te parece si damos un paseo? —dijo el Doctor mientras comenzaba a caminar por el callejón.

—Pero, ¿dónde estamos?

—No lo sé, pero parece que está dejando de llover, así que hagamos un poco de turismo —dijo el Doctor con esa clásica sonrisa que prometía aventura.

Las calles estaban prácticamente vacías y los pocos viandantes caminaban apresurados, tapándose la cara con trapos. Al girar una esquina salieron a una explanada frente a un gran canal. Al otro lado se veían casas cuya fachada se inclinaban hacia el canal; seguramente las estructuras de madera que sobresalían de sus últimas ventanas servían para izar y bajar carga desde las barcazas que se veían amarradas a unos pequeños muelles, pero no había signos de actividad. Todo estaba demasiado tranquilo.

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Vista de Delft pintada por Johannes Vermeer

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Faraday y el Doctor

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Michael Faraday en una conferencia

Londres, 1831

—Así que cuando muevo el imán dentro de la bobina, como pueden ver, la aguja del galvanómetro se agita. El movimiento del imán está provocando una corriente.

El público presente aplaudió y Michael empezó a recoger. Al lado del escenario lo esperaba Lord Hamilton. Michael se acercó a él. Era importante relacionarse con el poder político, aunque no fuera algo que le gustara demasiado.

—Faraday, ha sido muy interesante, pero ¿qué utilidad tiene una electricidad generada durante una fracción de segundo por ese imán?

Antes de que Michael pudiera contestar, un hombre de extraña vestimenta se adelantó:

—Señor, dentro de 20 años estará usted cobrando impuestos por esa electricidad.

—¿Y usted es…? Creo que no nos han presentado —respondió Lord Hamilton un tanto molesto.

—Soy el Doctor, y además un gran admirador del señor Faraday. Lee el resto de esta entrada

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