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Arquímedes y el Doctor

Siracusa, 212 a. C.

—¡Ese maldito romano estaba destrozando mis círculos!

—Tranquilo, no te esfuerces, esta herida no tiene buen aspecto —El Doctor acunaba la cabeza de Arquímedes y podía ver cómo el blanco abandonaba la túnica dejando paso al carmesí.

—Al final nos volvemos a encontrar, aunque no tengas el mismo aspecto. Mírame, sigo siendo un viejo y tú ahora eres más joven —Arquímedes tosió y la sangre manchó sus labios—. ¿Qué fue de esa horrorosa e interminable bufanda que llevabas? Parecía que Penélope la había tejido para ti durante siglos.

—Bueeeno… para mí han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos, ¿te acuerdas de la cara de esos romanos cuando su barco se alzó en el aire? Ooh, Arquímedes, eres grande.

2 años antes. Siracusa, 214 a. C.

—¿No ve que la bañera está demasiado llena? Fíjese, el agua casi sale por el borde y en cuanto entre será un desastre.

—¿Y eso no le dice nada? —preguntó el Doctor con una gran sonrisa mientras se comía otra gominola. Al fin y al cabo los señores del tiempo también tenían sus vicios.

—Pues claro, me dice que un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo, recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja —dijo el anciano con orgullo—. Lo llamo el principio hidrostático y lo descubrí hace muchos años mientras meditaba sobre el diferente peso aparente que tiene nuestro cuerpo bajo el agua.

—Oops vaya, parece que he llegado más tarde de lo que pensaba. Siempre quise ver cómo celebraba locuelamente el descubrimiento.

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Resumen final XXXIX Carnaval de Física

Sergio pensaba que sería un día como otro cualquiera, la misma rutina de siempre. Lo que no sabía es que ese día se adentraría en LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA.

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¿No os encantaban estos comienzos de la dimensión desconocida? o mejor dicho Twilight Zone.

Alcalá de Henares. 6:30 de la mañana. Un día cualquiera.

El despertador sonó, unos cuantos gruñidos de desaprobación mientras se intentaba liberar de los brazos de Morfeo, una ducha rápida, seguida de un café más rápido, maletín en mano y a las 7:00 raudo y veloz hacia la estación pública de teletransporte. Lee el resto de esta entrada

Van Leeuwenhoek y el Doctor

Volvía a llover y el callejón seguía vacío. Jack estaba desesperado, pero esa era la única opción que tenía. Había usado toda la energía que tenía disponible para enviar la señal y era la única esperanza que le quedaba. Se hacía tarde, debía volver con Gwen.

La Tardis se materializó en el callejón y el Doctor y Marta salieron de ella, llevándose una desagradable sorpresa.

—Me gustaría ver esas tres lunas, pero con esta lluvia parece imposible —dijo Marta irónicamente.

—Eeeh, estamos de nuevo en la Tierra, algo ha tenido que interferir con la Tardis. Ya tendremos tiempo para ver las tres lunas de Polux, ¿qué te parece si damos un paseo? —dijo el Doctor mientras comenzaba a caminar por el callejón.

—Pero, ¿dónde estamos?

—No lo sé, pero parece que está dejando de llover, así que hagamos un poco de turismo —dijo el Doctor con esa clásica sonrisa que prometía aventura.

Las calles estaban prácticamente vacías y los pocos viandantes caminaban apresurados, tapándose la cara con trapos. Al girar una esquina salieron a una explanada frente a un gran canal. Al otro lado se veían casas cuya fachada se inclinaban hacia el canal; seguramente las estructuras de madera que sobresalían de sus últimas ventanas servían para izar y bajar carga desde las barcazas que se veían amarradas a unos pequeños muelles, pero no había signos de actividad. Todo estaba demasiado tranquilo.

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Vista de Delft pintada por Johannes Vermeer

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Faraday y el Doctor

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Michael Faraday en una conferencia

Londres, 1831

—Así que cuando muevo el imán dentro de la bobina, como pueden ver, la aguja del galvanómetro se agita. El movimiento del imán está provocando una corriente.

El público presente aplaudió y Michael empezó a recoger. Al lado del escenario lo esperaba Lord Hamilton. Michael se acercó a él. Era importante relacionarse con el poder político, aunque no fuera algo que le gustara demasiado.

—Faraday, ha sido muy interesante, pero ¿qué utilidad tiene una electricidad generada durante una fracción de segundo por ese imán?

Antes de que Michael pudiera contestar, un hombre de extraña vestimenta se adelantó:

—Señor, dentro de 20 años estará usted cobrando impuestos por esa electricidad.

—¿Y usted es…? Creo que no nos han presentado —respondió Lord Hamilton un tanto molesto.

—Soy el Doctor, y además un gran admirador del señor Faraday. Lee el resto de esta entrada

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