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Arquímedes y el Doctor

Siracusa, 212 a. C.

—¡Ese maldito romano estaba destrozando mis círculos!

—Tranquilo, no te esfuerces, esta herida no tiene buen aspecto —El Doctor acunaba la cabeza de Arquímedes y podía ver cómo el blanco abandonaba la túnica dejando paso al carmesí.

—Al final nos volvemos a encontrar, aunque no tengas el mismo aspecto. Mírame, sigo siendo un viejo y tú ahora eres más joven —Arquímedes tosió y la sangre manchó sus labios—. ¿Qué fue de esa horrorosa e interminable bufanda que llevabas? Parecía que Penélope la había tejido para ti durante siglos.

—Bueeeno… para mí han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos, ¿te acuerdas de la cara de esos romanos cuando su barco se alzó en el aire? Ooh, Arquímedes, eres grande.

2 años antes. Siracusa, 214 a. C.

—¿No ve que la bañera está demasiado llena? Fíjese, el agua casi sale por el borde y en cuanto entre será un desastre.

—¿Y eso no le dice nada? —preguntó el Doctor con una gran sonrisa mientras se comía otra gominola. Al fin y al cabo los señores del tiempo también tenían sus vicios.

—Pues claro, me dice que un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo, recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja —dijo el anciano con orgullo—. Lo llamo el principio hidrostático y lo descubrí hace muchos años mientras meditaba sobre el diferente peso aparente que tiene nuestro cuerpo bajo el agua.

—Oops vaya, parece que he llegado más tarde de lo que pensaba. Siempre quise ver cómo celebraba locuelamente el descubrimiento.

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